24.2.11

Piérdete conmigo

En el día de la fecha, mis objetos más cercanos/utilizados parece que decidieron esconderse y hacerme perder un poco la cabeza.
Para empezar, apenas pasadas las doce, no pude encontrar el cargador del celular lo que me generó la preocupación de que no iba a aguantar todo el día de hoy con esa mísera rayita de batería (pero se la bancó igual el muy lindo), después me disponía a salir, y oh sorpresa, mis llaves (sí, las que tienen TRES llaveros como para no perderlas de vista) se habían fugado. Las busqué incluso abajo de la cama, (les confieso que las busqué hasta en el baño) sin descartar ninguna teoría, y finalmente tuve que llamar por teléfono a mi papá para que viniera a abrirme. Cuando volví, las encontré entre unas películas de mi hermano, vaya uno a saber por qué. Lo siguiente, fue mi celular, que en la inmensidad de mi bolso, no aparecía y me hizo enloquecer unos cuantos minutos en la parada del micro, hasta que resurgió de la oscuridad. Ya en la facultad, tenía que hacer una fila importante para comprar fotocopias y no encontraba la plata. Tenía un par de monedas, que ni siquiera me alcanzaban, asique me las gasté en una barrita de cereal porque mi estómago no daba más. Siguiendo el hilo del día, la plata apareció cuando ya no necesitaba la fotocopia. Bien. Últimos segundos de la clase, a la profesora adjunta se le ocurre pedir un trabajo de la semana pasada, el cual había visto más temprano o sea que sabía que estaba...DIEZ minutos me llevó encontrarlo...para colmo, en esa aula se rendian finales, entonces se estaba llenando de gente y yo meta revolver fotocopias y apuntes.
Para finalizar, perdí la paciencia, cuando quise dormir la siesta y a mi mamá se le ocurrió hacer una torta (de las que a mí no me gustan, asique no era consuelo) con la batidora que parecía endemoniada y quería introducir sus sonidos rítmicos a mis tímpanos, MÁS al tierno de mi hermanito que no pudo evitar gritar mientras jugaba a la play.
Luego de todo esto, que son pequeñeces pero que en mi cansado cuerpo y en mi exhausta mente  fueron catástrofes que se confabulaban en mi contra, mi mamá me compró un cepillo de dientes hermooooooooooso y mi abuela me trajo helado, con lo que se compensa las demás contrariedades. Muy animada después de esto, me devoré todas las fotocopias que me quedaban, asíque ya terminé toda mi lectura del curso de ingreso y sólo me queda repasar.

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